Son casi las ocho, llamo al ascensor, se abre, entro y comprendo entonces que como siempre voy tarde; he de aguantar la respiración: alguien antes que yo, también como siempre, ha bajado con la bolsa de basura en una mano y el cigarro en la otra. Tot bonico.

Cierro la puerta de la comunidad, y me hago a un lado, me paro y miro en todas direcciones, bueno, al cielo no es necesario pues ya sabemos que no va a llover, aunque no estaría de más rezar ante lo que veo. Junto a mí, un montón de jóvenes y jóvenas en apariencia despreocupados y despreocupadas camino del instituto. Tot bonico.

Hace unos días, volvieron a pintar el carril bici sobre la acera, carril que ya no se veía, a mi izquierda adivino que viene una bicicleta y a mi derecha otra. Evidentemente, una de la dos va en dirección prohibida, y las dos quizás por donde no deben, y un poco más atrás veo una cabeza erguida, altiva, desafiante como un suricata. Ya estamos todos, se acerca un patinete. Comienzo a andar pegado a la pared, siguiendo los rastros de los perros, no me queda otra. Tot
bonico.

En aquella primera reunión de la comunidad se acordó no dejar que los perros measen en la finca, con lo cual, y sin ningún pudor comenzaron hacerlo unos metros mas allá, en la nueva fase. Cuando esta se habitó, al parecer ellos tomaron la misma decisión, y al ser más, claramente se demostró que lo acordado por nosotros fue una mala idea. En verano no se puede respirar entre garajes. Ojo donde pisas. Tot bonico.

Soy de los que esperan a que la puerta del garaje se cierre, y efectivamente se cierra, se abre, se cierra… mientras trato de salir a la calle. Una calle de dos direcciones, donde es relativamente fácil aparcar. Pero muchos se empeñan en lo contrario. Justo en frente hay un próspero negocio: raro es el día que no hay uno o dos coches aparcados a uno y otro lado tapando toda visión, y por norma general hay otro justo en la puerta del establecimiento frente al garaje. Tot bonico.

El último paso de cebra es parada obligada. Siempre transitado, requiere aún más calma. Me fijo en un coche que hay unos metros por delante, ha intentado aparcar bien, pero ocupa parte de la calzada. Un pequeño y nuevo deportivo y seguramente caro con dos parejas que visten con elegancia ropa deportiva, insultantemente jóvenes. Están subiendo unas bolsas de viaje. Pienso que serán unos genios de la informática y habrán dado un pelotazo en la red y llovido del cielo los euros. A punto de alcanzarlos, el conductor me pide amablemente le deje salir, y así hago, justo entonces abre la puerta y vacía en la calle el cenicero y al menos un par de pañuelos. Cuando pienso que a buen seguro habrá estudiado Educación para la Ciudadanía, en realidad ya no sé qué pensar, me pongo malo. Tot bonico.

Ello me hace recordar mi luna de miel camino Soria, cuando a través del retrovisor del Ford Orión matricula de Valencia divisé cómo se acercaba un Citroën Xsara dorado y así y todo fue cuando pensé que tal vez conducía Claudia Schiffer… pero me equivoqué y vi con alegría que la matrícula era de Castellón con las letras AP. Se ponía a nuestra altura en aquella desierta carretera, nos adelantaba, saludaba y mientras lo perdíamos de vista veíamos como sobre el asfalto iban cayendo los restos de las naranjas que iban comiendo. Tot bonico.

Salgo ya de Castellón ciudad, una ciudad como cualquier otra, donde más o menos es lo mismo cada mañana, y me entran unas ganas terribles de dejarlo todo y echarme al huerto, al monte, arrancar los naranjos, plantar aguacates y esperar que escampe. Busco en el coche un viejo cedé de Els Llauradors, y lo pongo. Por fin, a eso de las ocho y diez, por fin, ahora sí, tot bonico.

Au.

El Regador

* Castelló, los días sin futbol