Viernes 13

Mi Tío Andrés nos sorprendió a todos, el viernes pasado, invitando después de muchos años a sus chicos a una buena paella navideña. En total éramos trece, seis castelloneros, seis valencianos y uno de Teruel. Ultimamente, para ser tan pocos como dicen, siempre hay uno de Teruel en todos lados, y además ahora no se callan, están crecidos, y se les debe escuchar y darles lo que piden. Se hacen respetar cual catalanes.

Precisamente para tener la comida en paz mi tío con buen criterio dejó atrás tiempos pretéritos y prefirió encargar la paella antes que cocinarla, algo que tan solo hace ya en la intimidad. Odia hablar de comida mientras come. Si encargas la paella a un tercero, a la hora de comer solo se hablará del contenido y no del continente, se catará y se dirá si esta buena o mala y ahí quedara la cosa, pero si la hace uno, la cosa se complica y tanta explicación y tanto
erudito cansa.

“Ya puede estar buena, advirtió mi tío al llegar, me han soplado once euros por ración. ¿Que se habrán creído? Vamos ya con el aperitivo y ponernos hasta arriba por lo que pueda pasar”.

El picoteo fue cosa mía, y cuando nos sentamos ya estaba todo en su sitio, con los botellines de Turia, el vermú de Almassora y el sifón con cubitos del grifo, nada de porquerías de gasolinera. Como todos habían seguido la consigna de no almorzar, devoramos más que comimos en plena armonía hasta que el turolense termino por alabar el jamón que formaba parte del entrante, apartando los cacaos y las olivas y pidiendo se le acercara otro plato. “Es jamón de
Segorbe”, advirtió mi tío y lo retó con la mirada para ver si así nos dejaba algo a los demás. “Segorbe es Teruel” contesto el turolense sin más y siguió a lo suyo.

Se había desatado la caja de los truenos, la comida como tema de conversación. Sálvese quien pueda. Otro se animó y empezó por cantar las bondades de las sardinas y reclamarlas para sí, luego los boquerones, las olivas… “Oye, ¿dónde has comprado todo esto? Espero que en el Mercadona, no” dijo alguien y se hizo el silencio como si pasara un ángel, un consenso tal en contra de la verdad absoluta, que tuve que reaccionar y mentir por el bien de la comida. Por
supuesto, todo esta comprado en el Consum, juré hace tiempo no volver al Mercadona hasta no ver al Castellon en Primera. Y hace unos días, como vamos tan bien, renové el juramento: hasta la Champions, nada del Mercadona, todo del Consum, mentí. Bien, aplausos, me vitorearon. Me sentí como Salillas años atrás: salir y marcar.

Pasemos a la paella, dijo mi tío, antes de que la cosa fuera a mayores y terminásemos hablando de política, de Morella a Bélgica. Haciendo ademan de levantarse, “ya reparto yo”, dijo con autoridad el de Teruel, el último en llegar, callamos todos y le dejamos marear la paella al gusto, ante la incredulidad de mi tío, anfitrión que gusta de repartir.

Los elogios a la paella fueron unánimes. Pero duraron lo que una buena campaña de naranja, un visto y no visto. Tras la primera toma de contacto, alguien se fijo en el vino, que no era de la tierra y me vi obligado a sacar el cava de Requena, “oye que no somos catalanes”, “¡viva La Rioja!, déjalo para el postre”, “no tiene socarrat” advirtió uno casi ofendido, “pero que clase de paella no tiene socarrat siendo a leña”, “que manía tienen los de Castellón con poner pimiento rojo a la paella” se oyó desde un rincón, “a mí esos que se apartan lo verde no me
gustan un pelo”, esto ya eran palabras mayores y “los que no se comen los garrafones no son de fiar”, “pues a mí me parece que estaba recalentada”, “no llevaba tomillo”, ”no me habéis echado costilla, cabrones” “y el pimentón chino”, “saca el ajoaceite o no me la termino”, “arroz bomba no era, pero del brillante tampoco, a saber que nos habrá puesto”… la lluvia de comentarios era tal que no sabias con quien estabas hablando, lo malo era lo evidente que todos tenían razón, la paella resulto culinariamente hablando un completo desastre. “Al año que viene, la hare yo”, “ni hablar, será cosa mía” El agua era del grifo fue lo último que se escuchó, y el azafrán donde estaba dijo el de Teruel, logrando traer el silencio.

Mi Tío Andrés nos mandó a todos a fer la ma y recordaba ahora por qué dejamos de reunirnos por navidad en torno a una paella y como quizás no había sido una buena idea volver a intentarlo después de tanto tiempo, resignado vio como el de Teruel, ¿quién si no?, se ponía la ultima ración. “¿De cuantas plazas era esta paella? señor Andrés”, pregunto, “de catorce” le contesto mi tío, “pues al año que viene deberá pedir una de dieciséis, nos lo hemos comido todo, por cierto ¿sabe que la mejor paella se hace en Teruel? Y no lo digo yo, sino ustedes los valencianos”.

Au

El Regador