Quien más y quien menos, siendo de Castellón, tiene un amigo de toda la vida llamado Pedro. Dicho de otro modo, a Castelló, sense un Pere al teu costat, estàs perdut.

Llevo unos días acordándome de él, pensando en saludarlo siquiera por wasap, no vaya a ser que con la vuelta al cole (y con la llegada de la crisis que según don Santiago Escuder, el articulista de referencia y más en forma del ámbito castellonero, se nos viene encima y nos va a caer cual gota fría, más que nada porque nos la merecemos), lo vaya a necesitar y me diga lo de siempre: “tan solo me quieres por el interés”. O algo peor: “búscate la vida”.

El Pere, antaño Pedro, avanzado a su tiempo, vio como nadie el boom de la cerámica y en cuanto acabó con éxito la EGB y tuvo el Graduado Escolar en la mano, con Notable en las materias nobles y Sobresaliente en religión, Educación Física y Pretecnología, se puso a trabajar. Y por tonto lo tomamos, arrancando naranjos sin piedad alguna de cara a hacer hueco a las rajolas. Hoy, todo remordimientos por aquellos primeros días de currante. Del curro a la FP, la primera de las muchas que cursó y aún cursa, la mili en Valencia voluntario por temor a salir excedente de cupo y no ver mundo y a la vuelta, ya con el titulo de electricista y todos los carnés… directo al turno inglés de la primera cerámica que conoció. Fue un flechazo, noches, horas, sábados, se hinchó a trabajar y ganar dinero.

Así que mientras tú te pateabas la Universidad sin futuro alguno los días en los que podíamos quedar se volvían harto interesantes a la par que deprimentes. Sin presumir de lo que ganaba, tan solo se quejaba de lo mucho que trabajaba y de las pocas ganas de trabajar de la gente que tenía a su alrededor, con lo cual podía campar a sus anchas y trepar sin ser un trepa, al tiempo que lo mismo te daba una clase de Filosofía que de Economía, de la Bolsa o Internet. Porque sí, entre medias apareció la red y se gastó una extraordinaria y cuarto y mitad del mes en aquel primer PC que se monto por piezas y que aún hoy funciona.

Por aquel entonces Pedro se compró un piso a estrenar. A un precio, años más tarde, de risa. Casi en el centro de Castellon y con una hipoteca igualmente de risa mientras uno no tenía donde caerse muerto, al tiempo que estrenaba el Megane rojo. “Necesito una mujer con carrera, a ver si me presentas alguna, con visos de funcionaria, un Plan B por si tropiezo algún día”. Ya tenía que yo recuerde el título de fontanero y un trabajo a ratos en los huecos del turno inglés en su tercera o cuarta cerámica de referencia de la que se enamoró, pues por treinta o cuarenta euros al mes de más, se cambiaba de trabajo, buscaba el hueco y las chapuzas a parientes, vecinos y conocidos llovían sin cesar.

Se casó según lo previsto, cuando uno empezaba a trabajar por lo que le querían dar. La envida se te comía a ratos, cinco años de Universidad, mili y Máster, algo de francés, inglés, valenciano para ganar tú en un mes lo que él en una semana. Y charlar los domingos en el terreno que se había comprado en el Grao, pues auguraba y aspiraba formar parte de la España del pelotazo. Paella para todos.

Luego llegaron los hijos y los años en los que todo el mundo trabajaba, se compraba y se vendía y se ganaba dinero a todas caras. Y compró un huerto a toca teja y hasta un bajo para almacenar tanto trasto como tenía, fruto de tantas titulaciones de formación profesional como acumulaba. Y todo pagado, sin una deuda ni media, se dispuso a levantar su segunda residencia, otro Plan B, por si acaso se cansaba de sus cosas en casa, cuando tú a duras penas acababas de pagar tu primera hipoteca y veías como tus coches… cumplía uno quince años y el otro diez y pasabas los fines de semana de prestado en el Grao con Pere, escuchando y asistiendo. Llega una crisis, en un par de años, esto se va a la mierda”. Y llegó 2008.

Su amor con la industria de la cerámica se había roto años antes de aquella crisis que el vio antes que nadie -o a la vez que don Santiago Escuder- y se buscó la vida, y aguantó como pudo. Siguió estudiando lo más insospechado que uno pueda imaginar, y siempre acertó, pasó por el paro, fue de un trabajo a otro y logró sobrevivir, con su esfuerzo, sin dar ni un pelotazo como soñó, ni terrenal, ni en la red, al menos por ahora.

El Pere sabe de todo y siempre está ahí dispuesto ayudar sin pedir nada a cambio, lo mismo se te estropee el móvil, que te entre un virus en el ordenador, o que se vuelva loca la tele. Lo arregla todo, lavadoras, microondas, teles sin TDT, el GPS del coche, grifos, mamparas, persianas, aguacates, cucarachas… Levanta paredes, alicata y sirve lo mismo para un roto que un descosido. Y además es un estupendo conversador, y lo mejor de todo, da un servicio 24 horas los 365 días del año. “Pere, que me pasa esto”, “Xa, no te cal patir, que ara mateix vaig”.

Comimos las familias una vez más juntas en Magdalena y en un momento de la conversación dijo, “Tete, me he comprado una furgo, con 50 años ya ¿adónde vamos a ir? La caña de España, una Ford matricula Valencia de un abuelet de Godelleta con cassette, una caña, tu harás de ‘cuñao’, y yo de autónomo a ratos. Nos vamos a comer la próxima crisis que nos echen como unos campeones, del trabajo a la furgona y de aquí para allá pisándonos en los carriles bici”. Va a ser que don Santiago Escuder tiene razón.

Agosto 2019

El Regador