Aquí en tierra extraña, al caloret del atardecer del viernes negro, sentado en una terraza, todavía de día me doy cuenta de que en la capital todo son forasteros, CastellÓ no es como València, no conozco a nadie, hay por tanto que amagar bien la cartera. Andamos haciendo tiempo antes de poner rumbo a casa y hemos decidido hacer algo de gasto, descansar, sentarnos y tomar un zumo antes de salir hacia la Estación del Norte camino de la Plana.

Llega la camarera insultantemente joven y simpática con el zumo y he de frotarme los ojos al ver lo que nos trae, examinarlo a la luz, el continente y el contenido, el cristal y el líquido elemento. ¿Y esto de qué color es? le pregunto claramente desencantado a mi mujer pues con la camarera no me atrevo, ¿el zumo de naranja no tiene que ser, al menos, de algún tono naranja? Me giro hacia la barra, aunque en este caso no tengo duda alguna y veo que al menos tal y como pensaba, es zumo natural, y las naranjas están a la vista.

Directamente paso a catarlo. Y resulta evidente:

Zumo de naranja valenciana del huerto de la morralla, naranja a ras de suelo, cogida un día de lluvia, de un color amarillo pardo indescriptible, sin densidad alguna, cuyo sabor recuerda vagamente a la naranja siendo extremadamente buena persona y generoso y cuya acidez esta varios limones paelleros por encima de lo recomendable y tolerable por cualquier estómago. Estoy seguro de que ni aun las ovejas de Teruel se las comerían.

Hay que haber nacido entre los tres vértices del triángulo valenciano delimitado por: la garrofera, la horchata, el arroz y la naranja con bisectriz en el ajoaceite para poder bebértelo y continuar hasta el final. Cosa que cualquiera sabe haré. La mare que va, prácticamente imbebible. Beber y callar. Estoy convencido de que no saben lo que venden, que no lo habrán probado, pero hoy no estoy para hacer de buen samaritano, estoy cansado y desanimado ante lo que tengo en frente. No me lo esperaba.

Que me sirvan zumo natural en el triángulo valenciano descrito con un paquete de azúcar como buen amante del món de la taronja me ofende, pero en este caso, no hubiera estado de más que lo hubieran hecho acompañar de un par de sobres o una azucarera entera, y más cuando la camarera ha visto mi cara y la de mi señora al probarlo.

Y si no me ha visto a mí, a buen seguro se habrá fijado en esa pareja convencional de infinitos alemanes, que ha pedido lo mismo que nosotros. El pobre hombre al probarlo ha puesto la cara del Fary, que en paz descanse, se ha echado la mano a la panxa y ha dicho basta en alemán, o algo peor, mientras la mujer ha sacado del bolso la sacarina y se ha puesto una tras otra.

Empeñado en demostrar al alemán y señora lo equivocados que están y que se encuentran frente a un manjar de dioses sentados en una terraza en la millor terra del món disfrutando de un buen zumo y la puesta de sol, nos lo bebemos hasta el final y con cara de satisfacción nos levantamos les sonreímos y les decimos adéu, perdiéndonos entre la multitud en busca de un buen café reparador.

Au

El Regador

(Continuará)